
Terminé mi primera bebida y retiré el vaso a un lado. Rodeé el segundo con la mano.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Bogatyrev?—¿Por qué me ha pedido que nos encontremos aquí? Me encogí de hombros.
—Este mes no tengo oficina —dije—, y estas personas son mis amigos. Yo velo por ellos y ellos velan por mí. Es un esfuerzo recíproco.
—¿Cree que necesita esa protección?
Estaba poniéndome a prueba, y he de decir que todavía no la había superado. No del todo. Se mostraba muy educado. También lo practican.
—No, no es eso.
—¿No tiene un arma? Sonreí.
—Yo no llevo armas, señor Bogatyrev. Por lo general, no. Nunca me he encontrado en situación de necesitarlas. Si el otro tipo tiene una, hago lo que me dice; si no la tiene, le obligo a hacer lo que yo digo.
—Pero, tal vez, si tuviera un arma y la mostrase primero, evitaría riesgos innecesarios.
—Y ahorraría un tiempo valioso. Mire, tengo mucho tiempo, señor Bogatyrev, y es «mi» pellejo lo que arriesgo. Todos necesitamos una descarga de adrenalina de vez en cuando. Aquí, en el Budayén, nos regimos por una especie de código de honor. Ellos saben que voy desarmado, yo sé que también ellos. Nadie que rompa las reglas vuelve a repetirlo. Somos como una gran familia feliz.
No sabía cuánto se estaba tragando Bogatyrev, tampoco me importaba. Yo exageraba un poco, y, mientras, trataba de hacerme una idea del carácter del tipo.
