
Un sedán gris pasó despacio por delante y Sean se incorporó.
– Ya era hora -murmuró. Salió del coche y, segundos después, se le acercaron dos agentes con trajes negros y gafas de sol.
– ¿El señor Quinn? -preguntó uno de ellos-. Soy Randolph. Éste es Atkins. Del FBI.
– ¿Por qué habéis tardado tanto?, ¿habéis parado a comprar donuts? -murmuró Sean.
– Estábamos ocupados deteniendo a unos tipos malos de verdad -respondió con desdén Atkins.
– Si el caso no os interesa, creo que en Baltimore ofrecen una recompensa -Sean levantó las manos en un gesto de burla, como si se rindiera-. Puedo llamar y que lo encierren allí – añadió, sabedor de que el FBI preferiría detener a Eddie por su cuenta.
– ¿En qué apartamento está? -preguntó Atkins.
– Es un animal de costumbres. Los sábados se marcha a las tres en punto, se toma un capuchino en la cafetería de abajo, compra el Racing News en el kiosco y llama a su corredor de apuestas desde una cabina. Se compra algo, cena y sale a pasar la noche.
– ¿Cuánto tiempo llevas vigilando a este tipo?
– Dos semanas -Sean devolvió la mirada al portal del edificio. La puerta se abrió y no pudo evitar sonreír al ver salir a Eddie, a la hora en punto, con un abrigo a medida y unos pantalones perfectamente planchados. Aunque tenía cuarenta y pico años, se ocupaba de mantenerse en forma. Podía pasar sin problemas por un hombre diez años menor. Llevaba una maleta pequeña de cuero, dato significativo para un hombre como Eddie. ¿Pensaba marcharse?-. Es él.
– Son las dos y cincuenta y cinco. Supongo que no conoces a tu hombre tan bien como crees -dijo Atkins y echó a andar seguido por su compañero-. Nosotros lo detendremos. Tú quédate aquí.
– Ni hablar -dijo Sean-. Si intenta huir, quiero estar cerca para atraparlo.
Estaban a mitad de camino cuando Eddie los vio. Sean supo antes que los agentes que echaría a correr. Lo supo nada más enlazarse sus miradas. Lo cual le permitió aventajar a los agentes. No les había dado tiempo a gritar siquiera y Sean ya había arrancado tras Eddie. Le dio alcance a mitad de la manzana, le agarró la muñeca por la espalda y lo tiró al suelo.
