Cuando Randolph y Atkins llegaron, Sean ya lo tenía totalmente inmovilizado. Atkins lo esposó y le puso de pie.

– Eddie -le dijo.

– Un momento, esperad -se resistió Eddie-. No podéis detenerme ahora.

– ¿Quieres que volvamos luego? -Randolph rió-. Vale, lo que tú digas. Es más, si te parece, nos llamas por teléfono cuando estés dispuesto a entregarte, ¿de acuerdo? -añadió justo antes de darle un empujón hacia el coche.

– ¡Hey, tú! -Eddie se giró hacia Sean-. ¡Ven!

Sean miró a los dos agentes, los cuales se encogieron de hombros.

– ¿Qué quieres? -preguntó.

– Tienes que sacarme de esta. Es muy importante -Eddie trató de meterse la mano en un bolsillo del pantalón, pero los agentes se lo impidieron. Atkins sacó un fajo de billetes-. Dale cincuenta; no, que sean cien.

– ¿Para? -preguntó Sean cuando el agente le hubo entregado dos billetes de cincuenta dólares.

– Quiero que vayas al 634 de la calle Milholme y le cuentes a Laurel Rand lo que ha pasado.

– Tienes derecho a una llamada -contestó Sean-. Llámala tú -añadió al tiempo que le devolvía el dinero.

– No, no puedo. Será demasiado tarde. Tienes que hacer esto por mí. Dile que lo siento de verdad. Dile que la quería de verdad.

Sean miró los billetes. Sabía que debía negarse, pero cada dólar que echaba al bolsillo suponía estar un dólar más cerca de conseguir un despacho de verdad y, quizá, hasta una secretaria en condiciones. Con cien dólares podría pagar la factura de la luz durante unos meses. ¿Por qué no emplear un rato en un encargo tan sencillo?

– Está bien. ¿Quieres que le diga que te han detenido? -preguntó y Eddie asintió con la cabeza-. ¿Quieres que le cuente por qué?

– Como quieras. Cuando se entere de la verdad, no querrá volver a verme. Pero dile que la quería de verdad. Que era la elegida.



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