Contuvo el impulso de agarrarle la mano de nuevo mientras le daba la noticia.

– Pareces… -Sean respiró profundo en busca de la palabra adecuada-. Estás preciosa. Radiante. Arrebatadora.

Para no sentirse a gusto hablando con las mujeres, le había salido con mucha facilidad.

– Gracias -dijo Laurel, esbozando una leve sonrisa.

Le entraron ganas de darse la vuelta y echar a correr para quedarse con el recuerdo de Laurel Rand cuando sonreía. Al diablo con Eddie. Pero, aun así, cierto instinto desconocido quería protegerla de la humillación.

– ¿Podemos hablar? -le preguntó justo antes de sujetarla por el codo, ansioso por tocarla de nuevo.

– ¿Hablar?

Sean cerró la puerta, luego la condujo con delicadeza hacia una silla por si le daba por desmayarse.

– ¿Con quién te vas a casar? La mujer lo miró unos segundos con expresión confundida.

– Con… con Edward Garland Wilson. Pero deberías saberlo si estás invitado a la boda -dijo y frunció el ceño-. ¿Te has colado?, ¿quién eres?

– Sólo otra pregunta -dijo Sean-. ¿Tu novio mide alrededor de metro ochenta y cinco, tiene pelo negro, gris por las sienes?

– Sí. ¿Eres un amigo de Edward?

– No exactamente. Pero me ha pedido que te dé un recado -contestó Sean.

– ¿Sí? -el rostro de la mujer se iluminó-. ¡Qué considerado! Pero podía haber venido en persona. Yo no creo en esas supersticiones tontas de que el novio no puede ver a la novia antes de la ceremonia. ¿Cuál es el recado?

Sean maldijo para sus adentros. ¿Por qué habría accedido? Debería haberse dado media vuelta y punto. No quería romperle el corazón a esa mujer. Y menos todavía quería verla llorar. Pero mucho se temía que no podría salir de la habitación sin que ambas cosas pasaran.

– Edward no va a venir a la boda -contestó.


Laurel miró al apuesto desconocido, incapaz de comprender lo que le decía.

– ¿Qué es esto?, ¿una broma estúpida?



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