
– Busco a Laurel Rand -dijo.
– Está dentro -contestó la guapa invitada. Sean asintió con la cabeza y entró sin vacilar. Cuanto antes se librara de aquel recado, antes podría volver al Pub de Quinn y celebrar el cierre exitoso del caso. Justo detrás de la puerta había una dama de honor con un ramillete en la mano.
– ¿Laurel Rand? -preguntó Sean.
– Bajando por ese pasillo -la mujer apuntó hacia la izquierda-. La última puerta a la derecha. ¿Eres el fotógrafo?
Sean frunció el ceño y echó a andar pasillo abajo. No estaba seguro de qué esperaba al llamar a la puerta. Pero cuando una mujer vestida de novia abrió, supo que aceptar el dinero de Eddie había sido un error colosal.
– ¿Laurel Rand?
– ¿Sí?
Sean tragó saliva al reconocerla. Era una de las mujeres que había visto con Eddie en las últimas semanas. Pero nunca se había fijado en lo bella que era. Parecía un ángel, tan pálida y perfecta, vestida de blanco. Tuvo que cerrar las manos en puño para no acariciarla. Llevaba el pelo, rubio y ondulado, recogido hacia atrás y cubierto por un velo.
– ¿Eres Laurel Rand? -repitió Sean, rezando para que ésta estuviera en algún lugar dentro de la habitación, quizá arreglando las flores o limpiando los zapatos de la novia.
– Sí, ¿eres el fotógrafo? Se suponía que tenías que llegar una hora antes de la boda -Laurel le estrechó la mano y lo hizo pasar a la habitación. Su piel cálida y suave le provocó una reacción prohibida-. Sólo tenemos media hora hasta el comienzo previsto de la ceremonia. ¿Dónde tienes la cámara?
– No… no soy el fotógrafo.
– ¿Quién eres?, ¿por qué me interrumpes? – preguntó entonces ella al tiempo que le soltaba la mano-. ¿Es que no ves que soy la novia? No deberías ponerme nerviosa, se supone que tengo que estar tranquila, ¿parezco tranquila?
