
– No… no le gusto -tartamudeó Brian-. Me ha dicho que le gustas tú.
– Sí, claro, y voy yo y me lo creo -gruñó mientras se ponía de pie-. Invítala al baile de fin de curso y ya verás como te dice que sí. No quiere ir conmigo, quiere ir contigo. Me está utilizando para hablar contigo.
Sean abrió la puerta de casa, entró y dejó que cerrara de golpe. Pasó de largo por delante de Liam, su hermano pequeño, que estaba tirado en el suelo viendo la televisión, así como por delante de Conor, el mayor de los Quinn, que acababa de volver a casa de la academia de policía. Dylan, estudiante de último curso del instituto, había salido con un amigo y Brendan estaba sentado a la mesa de la cocina, con la nariz hundida en algún libro estúpido sobre la India.
Llevaban una vida relativamente normal toda vez que su padre, Seamus Quinn, había vuelto a embarcarse en el Increíble Quinn. Estarían sin él durante al menos un mes, aunque Sean casi prefería que no volviera nunca. Los raros periodos en que estaba en casa sólo servían para alterar la tranquilidad familiar y subrayaban el hecho de que los seis hermanos Quinn vivían al límite, a un paso de caer en manos de los trabajadores sociales y los cobradores de facturas.
Conor se las había ingeniado bastante bien para mantener a la familia unida. Tras terminar el instituto y empezar a trabajar, recibía un cheque al final de cada mes y el futuro parecía un poco más despejado. La suerte de su padre en las partidas de póquer ya no determinaría si se iban a la cama o no con el estómago vacío.
Sean corrió a su habitación y se encerró. Tras desplomarse en la cama, se cubrió los ojos con un brazo. A veces, su hermano gemelo era muy corto de luces. Para tener a tantas chicas babeando por él, ya debería haber descubierto sus trucos.
Cada uno de los hermanos Quinn tenía una cualidad que lo caracterizaba. Conor, de diecinueve años, era estable, protector. Dylan, el segundo mayor, era el ligón. Le bastaba con mover un dedo para conseguir a cualquier mujer a cien metros a la redonda. Luego estaba Brendan, el soñador. Tenía quince años y ya era el que mejor sabía contar historias, con mucho más arte que las de su padre sobre los Increíbles Quinn.
