Y Brian. Era brillante. Sacaba las mejores notas, lo habían elegido delegado de clase y se le daban bien los deportes. Podía ponerse de pie delante de la pizarra y hablar de lo que hiciera falta sin ponerse rojo y trabucarse la lengua. Sean estaba convencido de que, algún día, Brian sería famoso. Quizá hasta saldría en la tele. El hermano menor, Liam, solo tenía diez años, de modo que Sean no sabía todavía qué se le daría bien.

Pero él no era bueno en nada. Emitió un gruñido suave y giró sobre la cama hasta un extremo para sacar del cajón inferior de la mesilla de noche una caja de zapatos. Luego se sentó sobre el colchón con las piernas cruzadas y colocó la caja enfrente, sobre la colcha remendada.

La abrió, revolvió la colección de sellos, los cromos de béisbol, hasta encontrar la foto enmarcada de la Virgen María.

Sean sabía que sus hermanos le tocaban sus tesoros, pero también sabía que a ninguno se le ocurriría quitarle esa fotografía. No sabía si por superstición, miedo a un castigo eterno o simple falta de interés en la religión, pero le daba igual. Lo importante era que la foto enmarcada era un escondite perfecto.

Abrió con cuidado el cierre trasero del marco y sacó una foto descolorida que había escondido allí hacía ocho años. Había conseguido ocultarla en secreto todo ese tiempo. Quizá ese fuese su don, pensó Sean mientras miraba la única fotografía que quedaba de su madre: sabía mantener la boca cerrada.

No había cumplido los cuatro años cuando Fiona Quinn había salido de sus vidas. La rabia y la tristeza de su padre habían ensombrecido la alegría habitual de la casa. Seamus había empezado a beber y a apostar más de la cuenta. Dos años después, Seamus les había contado que su madre había muerto en un accidente de coche. Había borrado cualquier rastro de ella en la casa. Aunque sus hermanos habían llorado la pérdida, no habían tardado en seguir adelante con sus vidas.



3 из 138