
Brian giró el cuello. Sean, su hermano gemelo, ya estaba en la cama, con la colcha subida hasta la barbilla y la nariz pegada a un cómic. Liam, el más pequeño de los Quinn, se había acurrucado junto a su hermano. Tenía siete años, había dejado de pedirle a Sean que le leyera el cómic y vocalizaba las palabras mientras lo leía él mismo en silencio.
– ¡Brian! Echa un ojo a los cubos del pasillo -gritó Dylan desde la planta de abajo-. Vigila que no se llenen del todo.
Brian suspiró. Algún día tendrían dinero suficiente para arreglar las goteras del tejado, pintar el porche descascarillado y pagar la factura del teléfono antes de que lo desconectaran. Seamus siempre soñaba con regresar con el barco repleto de peces espada y pedir el precio más alto, pero Brian sabía que los sueños de su padre no solían hacerse realidad.
Aunque no hablaban sobre su afición a beber y hacer apuestas, Brian era consciente de que sus hermanos mayores hacían todo lo posible por evitar los despilfarros de su padre. Conor siempre iba a recibirlo al puerto para impedir que fuese al pub a emborracharse y pasarse la noche jugando al póquer. Y Dylan había aprendido a esconder el bote del dinero cuando Seamus estaba en casa, sabedor de que su padre se lo iría gastando.
– No va a venir esta noche -dijo Sean-. No atracará con este tiempo.
– ¿Papá está bien? -preguntó Liam.
– Sí -murmuró Brian. Se alejó de la ventana, salió al pasillo y comprobó la hilera de cubos que Conor había dispuesto para combatir las goteras. Luego regresó al dormitorio, se metió en la cama y se cubrió con la colcha hasta el pecho. Si se dormía, al despertar habría amanecido, la tormenta habría terminado, su padre volvería y todo estaría bien-. Tienes los pies helados, Liam. No me toques, enano.
– Calla -dijo Liam antes de dirigirse al otro gemelo-. Anda, Sean, léeme un poco -insistió.
– Conor está subiendo -dijo Sean al oír el crujido de las escaleras-, Pídeselo a él.
