
Pero fue Brendan quien asomó la cabeza por la puerta.
– Con dice que apaguéis las luces. Mañana tenéis que ir al colegio.
– ¿Papá vendrá mañana? -preguntó Liam.
– No lo sé, Li -Brendan se obligó a sonreír-. Pero seguro que vuelve pronto.
– ¿Está bien? -Liam se incorporó y se apartó el pelo de los ojos-. Mi profe ha dicho que es una mala tormenta.
Brendan se sentó al borde de la cama, agarró los pies de Liam bajo la colcha y le hizo cosquillas.
– Claro que está bien. Con papá no hay tormentas que valgan -contestó, advirtiendo a Brian y Sean con la mirada para que no lo contradijeran.
– Es verdad -dijo Brian-, cuando salí con papá el verano pasado, me dijo que había estado en una tormenta de olas de quince metros y un viento capaz de tirar a un hombre por la borda. La tormenta de ahora no es tan mala, Li.
– ¿De cuántos metros son las olas? -preguntó Liam, más preocupado todavía.
– Nada, son olas pequeñas. Anda, hazme hueco y os cuento una historia -Brendan se acomodó entre Liam y Brian, recostándose contra el cabecero-. ¿Cuál queréis que os cuente?
Aquellas historias eran tradición en la familia Quinn y, cuando Seamus estaba en casa, les contaba una distinta casi todas las noches. Eran historias maravillosas sobre sus legendarios antepasados, los increíbles Quinn, hombres valientes e inteligentes que siempre vencían al mal. Pero cuando las historias las contaba Seamus, nunca faltaban mujeres manipuladoras. Al principio, Brian no entendía por qué los Quinn desconfiaban tanto de las mujeres. Pero luego se dio cuenta de que las historias estaban pasadas por el filtro de Seamus, cuyas opiniones se basaban en el abandono de su esposa.
Aunque nunca pronunciaban su nombre en presencia del padre, Conor hablaba de ella de vez en cuando. Era guapa, de largo pelo negro y bonitos ojos verdes. A pesar de que se había marchado cuando Brian no tenía más de tres años, recordaba el mandil de flores rojas que se ponía por las mañanas.
