Brian se acurrucó en la cama, se cubrió con la colcha hasta la barbilla. Las ventanas seguían retemblando por el viento, pero, mientras oía la historia de Brendan, era como si el mundo real desapareciese. Podía imaginarse el castillo del hechicero, el bosque arbolado. Veía la casita de campo de Roddic junto al acantilado. Aunque había nacido en Irlanda, no recordaba nada del país. Pero en esos momentos lo sentía en las venas.

– El viejo hechicero suspiró. Macha era demasiado compasiva para manejar los poderes de la magia. Pero Riddoc supo que Macha era amable, generosa y comprensiva con los menos afortunados. Sólo le quedaba por plantearles la última prueba. «Hacedme una pregunta», les dijo. «Sobre lo que deseéis saber más que ninguna otra cosa». Ambas permanecieron en silencio un buen rato. «¿Seré la hechicera más poderosa de Irlanda?», preguntó por fin Maighdlin. «¿Encontraré el amor verdadero?», quiso saber Macha. Lo cual demostró lo que Riddoc ya sabía: Macha tenía el corazón más puro. Entonces se giró hacia el hechicero y le dijo que debía concederle sus poderes a Macha.

– Qué empalagoso -murmuró Sean-. Supongo que ahora Riddoc la besará, se enamorarán y se casarán.

_Todavía no -dijo Brendan-. Porque antes de morir el hechicero. Maighdlin se llevó a Macha bosque adentro y la abandonó en medio de la espesura, convencida de que la devorarían los lobos o se moriría de hambre.

– ¿Se murió? -preguntó Sean.

– No. Porque Riddoc ya había imaginado que Maighdlin intentaría hacerle daño. Vigilaba a Macha y seguía a las hermanas allá donde fueran. Y la rescató del bosque. La devolvió al castillo y le contó al hechicero la maldad de Maighdlin. Sólo entonces supo el hechicero la respuesta a su pregunta. Ya podría morir tranquilo. Así que Macha se convirtió en hechicera. Y Riddoc en su consejero de más confianza.

– ¿Y Maighdlin? -preguntó Brian.

– Se convirtió en una rana. Una rana resbaladiza con nariz morada.



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