
– ¿Pruebas?, ¿como los dictados del colegio? Qué historia más tonta. Yo quiero la de Odran -protestó Sean.
– Es la forma más justa de decidir -contestó Brian.
– El día de las pruebas se acercaba y al hechicero le daba miedo que Riddoc no fuese la persona adecuada. Al fin y al cabo, no poseía poderes mágicos. Sólo era un chico normal y corriente. Quizá fuese mejor recurrir a la magia, a una poción o un conjuro que lo ayudara a tomar la decisión. Para la primera prueba, Riddoc colocó tres objetos en una mesa: un rubí, una perla y una simple piedra alisada por el mar. Cuando les pidió que eligiesen la piedra más bella, Maighdlin no dudó en escoger el rubí, pues era la de más valor. Pero cuando le preguntó a Macha, eligió la piedra del mar.
– Macha es tonta -dijo Sean-. No puede ser hechicera.
– Eso creía el hechicero también -continuó Brendan-. ¿Cómo iba Macha a ser hechicera si ni siquiera era capaz de reconocer el valor de una joya? Pero Riddoc advirtió que Macha reconocía la belleza de las cosas sencillas. La siguiente prueba fue más difícil. Riddoc presentó tres hombres ante las chicas: un caballero apuesto, un comerciante adinerado y un monje. Le dio una bolsa de monedas de oro a Maighdlin y le pidió que se las diera al hombre que más las necesitaba. Pero Maighdlin no estaba dispuesta a dejarse engañar. Le dio un tercio al caballero para que la protegiese, un tercio al comerciante a cambio de una aventura de seda y otro al monje para que velara por su espíritu. Cuando Macha entró en la sala y se enfrentó a la misma elección, se quedó con las monedas de oro. «No puedo dar el dinero a ninguno de estos hombres, pues ninguno de ellos lo necesita», explicó. «El caballero está protegido por su linaje. el comerciante se gana la vida con los productos que vende. Y el monje ha hecho voto de pobreza. ¿Dónde está el campesino pobre que se ha quedado sin cosecha o la madre sin medios para alimentar a sus hijos?»
