
– Que hay que ver como ella te prefiere al repartir la comida.
– Que anda simulando que no te mira.
– Que cuando dos se enamoran es cosa que se huele.
– Que tiene que ser casi desde que llegamos. Porque le debe faltar poquitos días y acaso horas.
– En cuanto aparezca le vamos a ver el parecido.
Eufrasia, impasible, tan olvidada de su barriga como del momento en que se la iniciaron, limpiaba la casa, nos alimentaba con lentejas, verduras y un poco de carne cada semana. Y trotaba sin perder domingo, hacia la iglesia, hacia los rancheríos del norte. Aquel día, como siempre, nos había dejado empanadas de dulce de membrillo. Iba recitando para si los padrenuestros y las avemarías que había recetado el señor cura. Y a cada paso, centímetros mas o me-nos, aumentaban su dicha y su sudor, se iba sintiendo limpia, bendita, hostiada, lista para trepar a la serenidad eterna de los cielos.
Pero los cuatro hombres no teníamos nuestra iglesia; y además debíamos recurrir a las latas de diecisiete conservas, siempre dudosas. No teníamos iglesia ni heladera a querosén. Porque Tom era baptista, Dick metodista, Harry judío y yo había perdido tiempo atrás una vaga creencia papista.
Estar colocados en aquel casi desierto no era nuestra culpa, era voluntad divina. Si a ellos les nacía algún temor, algún reproche de conciencia, lo descartaban con la oración nocturna y lecturas de la Biblia. Tal vez no coincidieran en interpretar el significado de versículos, frases tortuosas, tenaz reiteración de disparates, amenazas tan terribles que parecían saltar sonoras del papel donde estaban impresas.
24 de mayo
Los viajes de dona Eufrasia con la niña rubia colgada del brazo a Santamaría Este, Colonia Suiza en realidad, acabaron revelando otros motivos que la visita a los padrinos. A cada uno de sus regresos, Tom, Dick y Harry observaban con discreción su barriga creciente y hacían apuestas sobre los meses faltantes y, mas allá, sobre el sexo del no nacido. Nunca quise entrar en el juego de las profecías que ellos trataban de mantener ocultas para la mujer. Pero una vez le oí decir con voz muy tranquila y suave a no se cual de ellos:
