
– Seguro que hizo lo mismo su señora madre.
Nadie contesto y todos simulamos absorbernos en pequeñas tareas inútiles para ahuyentar el recuerdo de la verdad nunca vista: madre horizontal, despatarrada y suplicante, padre muerto para el mundo, adhiriendo enfurecido sudores de pecho, inconsciente del ridículo vaivén de sus sobrias nalgas de varón.
4 de junio
Para nosotros, que dormitábamos bajo los árboles, vino de improviso. Era una tarde bochornosa y podíamos divisar allá arriba pequeñas nubes negras que se iban reuniendo, fusionándose. Para dona Eufrasia, que lavaba en la gran pileta platos o ropas, debe haber llegado con un dolor, un grito, una sucia palabra. Con pasitos muy cuidados fue llegando a la puerta hasta hundirse en la penumbra fresca de la casona.
Yo fui el primero en despertar al susto. Anduve zigzagueando hasta la ventana de la pieza de Eufrasia y me senté, acuclillado, mi espalda contra el muro, la oreja en escucha.
Como siempre me fue imposible imaginar a Eufrasia llorando, lo que oí no eran llantos sino débiles gemidos de cachorros ciegos. Mientras se acercaban los muchachos, con la siesta interrumpida por mi excursión a la casa, caserón, los gemidos, de agudos pasaron a graves. Llegaron al grito; al balbuceo en las pausas de invocaciones a la Santísima Virgen Maria y a Santa Carolina, mártir y también virgen, protectora de parturientas. Crecían los aullidos y yo sabia que los dolores la estaban revolcando y le es-cuchaba mezclar rezos con maldiciones según las cuales todos los hombres del mundo hedíamos por culpa de mil defectos, prometía usarnos como letrinas y todos éramos hijos de madres excesivamente putas.
Y ahí estábamos, cuatro hombres, impotentes, escuchando el dolor, humillados también porque sentíamos que tras las paredes estaba creciendo un misterio, el primero de la vida, que brotaría mancha-do de sangre y mierda, para irse acercando, tal vez durante anos, al otro misterio, el final. Y nosotros no éramos mas que hombres y nuestra pobre colaboración solo había sido una corta y enorme felicidad olvidada, perdida en el tiempo.
