
Entonces me puse a distribuir destinos y pasados.
Ninguna cortina, ninguna puerta cerrada pudieron sugerirme presencia o temporal ausencia de medico. Una bata blanca, una sonrisa de bienvenida, lustrosa, inmutable por ortodoncia. Y la Eufrasia seguía muriéndoseme. Hasta que lo vi, surgido de ninguna parte, de ninguna puerta clausurada, de ningún estrépito de metales arrollados. Estaba junto al portal que yo, creo, hubiera tenido que atribuir a Artículos navales. El miraba desconcertado la intrusión en k soledad de un jeep y su chofer.
Nos separaban unos cincuenta metros. Bestia un overol, era alto, robusto y recién afeitado.
Estuvimos mirándonos hasta que el sonrió y se fue acercando, balanceándose para mantener el equilibrio sobre una cubierta embravecida. No, no se trataba de ningún pensable mar. La prudencia de los pasos era fruto de la libre fiesta alcohólica de su noche.
Sonreía bondadoso.
– Antonio, para servirlo -dijo-. Le di mi nombre y nos estrechamos las manos sin hacer fuerza.
– Desde donde viene, amigo -pregunto algo incrédulo.
No se por que me invente para responderle un simpático cantito que de alguna provincia seria.
– Yo vengo de allá abajo, del río, y ando en busca de medico o partera para una dona que la deje forcejeando pero no acaba de salir de cuidado.
– Del río -fue comprendiendo el hombre y aparto con un pie la gran valija que había arrastra-do y que yo creía no haberle visto-. Conozco, conocí y gracias a Dios deje de conocer y pude olvidar cuando las cosas mejoraron.
