
Mas allá, cerca de la ciudad, se amansaba el río y los Pescadores domingueros se agrupaban junto a las caletas. Seguí adelante siempre tratando de conservar una hipotética línea recta, moviendo tierra seca, levantando una polvareda que ondulaba para cubrirme al descender. Y de pronto, sin aviso, un agujero enorme, metros de ancho y atravesando de un costado a otro el camino no trazado que llevaba, hasta que lo cortara el zanjón, a Santamaría Vieja.
El monstruo frente a mi jeep. Ya me habían prevenido sobre su existencia pero, claro, nadie pudo decirme en que lugar de la distancia se abría para tragar viajeros. Entre débiles puteadas, las puteadas siempre se debilitan cuando no tienen destino huma-no concreto, descubrí que a la izquierda alguien había colocado dos largos tablones que se ofrecían para evitar la caída. Pensé si aquel puente primitivo aguantaría el peso del jeep y el mío. Tal vez trabaje un tiempo. Luego enfile el vehículo y cruce lento sobre los estertores de las maderas. Supe otro día que a ese agujero maldito le llamaban Barranca Yaco pero jamás supo nadie decirme por que.
Y luego entre en callecitas, calles, avenidas, plazoleta de inverosímil héroe desmontado. Allí estaba alto y gris, enfundado en un levitón de plomo, sosteniendo paciente con ambas manos un racimo de uvas muy gruesas, acunadas en una hoja de parra. Era como una maqueta grande de una proyectada ciudad desierta con muchos eucaliptos jóvenes, con cortinas de hierro tapando y prohibiendo negocios variados.
