Solo conservan urgencias pero de ahí nadie se le va a correr hasta la obra del río. Comadrona no conozco. Y menos partera. Se me ocurre una pista pero no le doy garantía. Nos queda el doctor Diaz Grey pero ni me imagino que puede resultar. Para mi, esa casa tiene algo de misterio. Bueno. Llegar le va a ser fácil.

– ¿Díaz, dice?

– Sí, el medico del braguetazo. Mire: toma derecho a la izquierda y cuando ve la gasolinera, una cuadra antes de llegar, dobla a la izquierda hasta el monte de eucaliptos y ahí mismo mira para el no y ahí esta la bruta casa con zancos que hizo el viejo loco, millonario después de muerto. No tiene perdida. Golpee hasta que abran porque esa gente tiene servicio un mes si y otro no. Buenas personas, sin despreciar; pero algo raras, señor.

Le dije gracias varias veces y obedecí. Fui marcando con las pesadas botas el laberinto que me había dictado y finalmente quede enfrentado a la extraña casa que habitaba Díaz Grey, medico, con su familia y sus servidores.

Unos metros nos separaban. Empecé a caminar cuando me distrajo y desvió un ruido de gente a mi izquierda, un pataleo arrastrado por música y cantos.

La oí comenzar como un murmullo, cantinela que se acercaba hacia la plaza y desde la iglesia. Mas tarde vi sombras y de inmediato el resplandor de los cirios. La procesión la encabezaba un cura tal vez mas gordo que los integrantes del desfile sonoro, enjaezado con blancuras y oros y precediéndose con una cruz que no soportaba ni sufría porque casi seguramente la había claveteado el sacristán con dos listones de pino. Así que no hacia otra cosa que alzarla, con su gruesa vela incrustada en la juntura de los palos, de llama estremecida por el isócrono andar del cura que precedía marcha y cántico:

Señor Brausen por tu amor pan la lluvia y quita el sol.



19 из 124