Otras veces creí oír:

Por mi amor

Mas tarde y coreando la magnificencia del poema, colocaban sobre el polvo zapatos charolados los representantes del cinismo cruel, los ricos, los terratenientes, los exprimidores de peones que se llamaban y se hacían llamar las fuerzas vivas de la nación. Ignoraban estos, como ignoraban todo porque habían nacido en cunas de codicia; todo aparte del precio de cereales, vacas y lanas. Ignoraban que quien nació para veintén nunca llega a medio real. Ignoraban que la que nació para provincia nunca llega a ser país. Y desconocían a los seres animalizados por ellos, sobras sucias, el viejo sudor, las alpargatas arrastradas sobre la tierra, única amiga en renovadas y mezquinas promesas, siempre ajena y expectante para acoger en agujeros el final de sufrimientos y esperanzas. Estos eran los portadores de cirios de llamas palpitantes, ayudando en la noche, sin necesidad, al calor creciente.

Luego la imbecilidad se concentro e hizo temible explosión dentro de la iglesia. Solo pude distinguir, para burlarme sin palabras ni sonrisas, los gastados nombres de Sodorna y Gomorra. No fueron mencionados los deseables Ángeles efebos que, en ejercicio de la democracia, reclame el pueblo de Sodoma. Pero si el cura engalanado recordó una lluvia de fuego que ya insinuaba el repugnante calor que agobiaba la ciudad, comarca, provincia, país o reino llamado Santamaría. Y aulló a los sucios desarrapados de cosechas perdidas que la culpa era de ellos, que la seca o sequía había sido impuesta por Nuestro Señor, el de la infinita misericordia, en castigo por los terribles y sucios pecados de los temerosos oyentes. La gleba, hombres que nunca habían deseado hombres, hambrientas mujeres hambrientas que nunca habían deseado mujeres, que solo sabían cumplir el mandato divino de reproducción despatarrándose y pariendo niños que tenían casi siempre la curiosa costumbre de morir antes de llegar a la incuba-dora del Hospital Mariano-Suizo, donde a veces los admitían.



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