
La muchacha pasaba todo su tiempo en la cama para ahorrar fuerzas, retener calorías. Tal vez estuviéramos en invierno. Creo, no lo aseguro. Y así:
ella acostada y yo caminando, ida y vuelta, por la avenida buscando tropezar con algún ser muy amigo al que no me humillara pedirle dinero. Y recuerdo que ya no se trataba de conseguir un peso para que comiéramos. Nunca consulte en los periódicos a cuanto estaba la canasta familiar. Pero en aquellos días el mínimo indispensable había trepado a cinco pesos.
Pocas veces lo conseguía, no por negativas sino por desencuentros. Mis incursiones en la ciudad solo excluían a los niños. Nunca hice distinciones por sexo. Pocas mujeres encontré.
25 de marzo
Recuerdo que mas de una vez mi mujer, ahora ausente, me había dicho: yo se que te traigo mala suerte. Lo que nació de su ausencia no podrá significar que mi suerte hubiera cambiado, pero de pronto tuve otros de mis tantos trabajos que se traducían en comestibles. Uno de los amigos de restaurantes don-de habíamos robado los diminutos panes de hermosas cortezas doradas cuyo destine era crujir en la mañana, uno de mis anfitriones desganados, con algunas amistades en cierta parcela de la mugre política acabó por conseguirme un trabajo. Lo justo para alegrar al dueño de la pensión y pagar mis comidas.
Luego de la buena noticia trato honradamente de aminorar mi esperanza y dio bastantes rodeos intentando explicarme en que consistía el trabajo recién logrado. Le dije que no me importaba, así fuera la portería de un prostíbulo de campaña, porque para mi no podía haber pan duro.
27 de marzo
También recuerdo que en aquellos tiempos la gente de Monte huía de su ciudad, cruzaba el rió para llegar a la gran capital transformada entonces en cabecera del tercer mundo, erizada con los cartones y latas herrumbradas que construían lo que llamaban casas en cientos de Villas Miseria que iban aumentando cada día mas cercanas y rodeaban el gran orgullo fálico del obelisco.
