Tal vez el hambre tuviera allí otro sabor que la impuesta por Monte. Pero en Monte era menor el numero de los que ambicionaban y lograban cruzar el rió para vender, destino inmediato, hojas de afeitar y chicles, kleenex y jaboncitos y bolígrafos secos y peines y carteritas de fósforos en alguna esquina de la calle principal. El éxito de una jornada supondría mascar un chorizo con pan, si no eran desalojados por aborígenes igualmente desesperados.

No puedo olvidar a los de Monte que sonaban con otro modo de vivir, los del todo o nada, los que no temían apostar suicidio contra vivir de verdad en aquellos países europeos de donde llegaron abuelos, desde España e Italia, se fusionaron y así quedo creada la raza autóctona.

Y ahora, quinientos anos después de ser descubiertos por error de un marino genovés y la intuición de una reina que nunca arriesgo sus joyas ni se mudo de camisa, los nietos se desesperaban por devolver la visita de los abuelos.

Los deje formando colas kilométricas desde el alba, frente a embajadas o consulados aguardando con escasa esperanza el milagro de una visa. Pude leer en el aeropuerto dos graffiti contradictorias: «Que el ultimo en irse apague la luz». Y el otro rogaba: «No te vayas, hermano».


28 de marzo


Sin embargo, creí al principio que me habían hecho una mala jugada. Se trataba de un edificio enorme al que llamaban galpón o nave o hangar. Escuche a los hombres. Estaba lleno de peones de tórax desnudo y taparrabos o delantales de arpillera. En su mayor parte eran gallegos altos y atléticos que cargaban con los sesenta kilos de las bolsas de cereales como si estuvieran jugando. Ocho horas diarias si no había trabajo extra. En grandes letras negras, en la pared del fondo, la sigla decía: S.O.S.

Primero me examine un semicírculo de miradas burlonas que me pareció calculaban mis posibilidades en una lucha con repetidos sesenta kilos. Nadie hablaba. Yo era el extranjero y ellos se obligaban a odiarme resueltos a expulsarme mas allá de sus fronteras.



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