Le quedaban restos de infancia en los ojos claros que entornaba para mirar -una luz rabiosa, desafiante, que se arrepentía enseguida-, un poco en el pecho liso, en la camisa de hombre y el pequeño lazo de terciopelo al cuello; un convincente remedo en las piernas largas, en el sobrio trasero de muchacho, libre dentro del pantalón de montar. Tenia los dientes superiores grandes y salientes, la cara asombrada y atenta.

Siempre sonriendo dijo con frases inconexas que no aceptaban matices:

– Estas malas noches la cosa es que estamos solos y cada lluvia que nunca llueve en el campo nos mata los fusibles y el doctor mi padre se enoja y hay que andar de un lado a otro con el olor asqueroso de las lámparas y ahora tiene que entrar y secarse mientras yo voy a preguntar.

Una carcajada infantil y se fue hacia el calor de la casa dejando la puerta abierta contra la pared.

Abandonado y dudoso, perseguí al rato el ruido de los pasos de la mujer. Camine por un corredor con suave olor a cuero y me detuve en una arcada donde colgaban cortinas oscuras en los costados. Mas allá, adentro, había una gran habitación iluminada y cálida. La mujer se había sosegado sentada junto a la gran mesa con carpeta verde y mantenía con voluntad, mas estrecha ahora, la sonrisa sin destino visible.

De pie frente al vidrio combado de un ventanal que daba al no, quieto y de espaldas, un hombre vestido con túnica blanca miraba hacia afuera.

Nervioso por el silencio y la inmovilidad tosí dos veces y el hombre de la túnica se volvió. Era flaco, con escaso pelo rubio, las curvas de la boca trabajadas por el tiempo y el hastió. Me saludo con una cabezada y enseguida dijo, como si hablara a solas:

– La puerta. Nos vamos a helar.

La mujer se levanto y recorrió apática, de regreso, los metros necesarios para llegar a la puerta y cerrarla con otro golpe violento. Después echo cerrojos y cadenas.



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