
Tal vez los espantosos pecados habían sido cometidos por boticarios, maestros, alcaldes, terratenientes, caciques. Acaso por la chusma bien vestida y comida que podía permitirse reuniones secretas en las numerosas piezas del burdel y traer desde la capital putas bien vestidas, bien pintadas y tenidas para reunirse allí provistos de buenas bebidas y organizar lo que ellos llamaban una farra.
Pero la verdad es que luego de la procesión y de la falsa indignación profética del cura, el cielo comenzó a nublarse y se escucho la aproximación de los truenos. Al fondo del callejón donde moría, incomprensible en la lluvia, un ultimo resplandor de sol, naranja, ocre, cruzo buscando guarida en la iglesia una pareja de masturbadores ensotanados
Casi enseguida comenzó la rudeza de una tormenta de verano, grandilocuente, de gruesas gotas, instalada para siempre en el cielo, ruidosa, inagotable.
Ahora tenia casi enfrentada la casa. Un cuadrilongo blanco y sin gracia semejante a una caja de zapatos, sostenido por catorce pilares. En ese momento empezó una llovizna de hilos de plata muy separados entre si. Sentí que el agua me resbalaba por la nuca mientras fui y alcance la casa del medico. Me habían dicho que en un tiempo hubo estatuas de mármol en el jardín pero estaba raso y descuidado. Empuje el gran portón negro de hierro con letras entrelazadas: J.P.
Aplastado y azul contra la puerta hostil dentro del overol ya húmedo, algo protegido del agua por una marquesina que sobresalía como un pueril desafío, apreté el timbre con furia y grosería. Estaba solo y temblando y el paisaje anochecido también se veía solitario y en suave temblor detrás de los espesos hilos de la lluvia.
Por fin abrió, impetuosa, una mano que hizo golpear la puerta contra la pared. Me quite la gorra con la desteñida inscripción de una empresa petrolera y quede enfrentado a una mujer muy alta y flaca, muy rubia, que mantuvo descubierta una hermosa dentadura, en silencio, mientras miraba la sombra del paisaje mas allá, por encima de mi hombro.
