– Todo muy interesante. Y agradezco -me burle-. Pero yo vine con la esperanza de salvar a una mujer. Con tantos raros tropiezos, la infeliz ya debe estar muerta arriba de la mugre del catre.

– Conozco. Bolsas de arpillera rellenas de pasto. Tengo un recuerdo. Después le digo. ¿Enfermedad?

– Muy simple. Estaba pariendo y no podía parir. Solo mierda y sangre.

– Si, es la poesía de todos los nacimientos. ¿Es blanca, india, mestiza?

– Mestiza, diría yo. La piel casi negra pero no la forma de la cara, los huesos. Y fíjese, doctor: tiene una hija blanca y rubia.

– Curioso. Algún suizo alemán que no pensó en el racismo. Una urgencia. Se perdona.

– Puede ser. No me interesan las leyes de herencia ni el pasado amoroso de la mujer. Y le pregunto que hacemos, que piensa hacer usted.

El medico encendió un cigarrillo y ofreció fuego.

– Gracias, no fumo -le mentí sin saber por que.

– Lo felicito. Lo que haré yo se llama nada. Escuche. No a mi sino al ruido del agua con piedras en el ventanal. Piense en el zanjón de Genser inundado. Por allí no cruza ni un jeep ni un tanque. Eso, en primer lugar. Después tenemos que estas indias son mejores que vacas o yeguas. Para ellas no hay fiebre puerperal porque no saben como se pronuncia. Si oyen esa amenaza de muerte piensan que tal vez será el nombre del nuevo alcalde. El milico Got los nombra anualmente. Y en el ano que les toca tienen que robar lo bastante para despedirse y vivir de rentas. Ya ve: aquí hay costa y hay fronteras, contra-bando como para elegir.

– Si, para mi no es nuevo. Me han dicho que la mayoría de este pueblo vive del contrabando. De manera directa, quiero decir, o por consecuencia.

– Es casi cierto y a mi me divierte mucho. Pero, please, no diga pueblo. Y mucho menos pueblucho, como dijo otro. Con Santamaría basta y yo displease porque lo supongo gringo. Yanqui.



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