Un momento. La cara de la mujer le resultaba tremendamente familiar…

No había tiempo para leerlos.

Sacó su cámara digital y empezó a hacer fotos. Tenía que enviar las fotos a Reilly y demostrarle que quizá tuviera la munición que necesitaba para controlar a Trevor.

Pero podría no ser suficiente para él. Un registro más de la habitación y la bolsa de tela…

El sobado cuaderno de dibujo con las esquinas dobladas estaba bajo el cartón protector del fondo de la bolsa.

Nada de valor, probablemente. Lo hojeó rápidamente. Caras. Nada excepto caras. No debería haber estado más tiempo del previsto. Trevor llegaría de un momento a otro. Nada excepto un puñado de bocetos de niños y ancianos y de aquel bastardo…

¡Dios!

¡Bingo!

Se metió el cuaderno de dibujo debajo del brazo y se dirigió a la puerta, rebosante de un júbilo embriagador. Casi deseó haberse dado de bruces con Trevor en el pasillo, y así tener la oportunidad de matar a aquel hijo de puta. No, aquello lo arruinaría todo.

¡Por fin tenía a Trevor!


La alarma estaba vibrando en el bolsillo de Trevor.

Trevor se puso en tensión.

– Hijo de puta.

– ¿Qué sucede? -preguntó Bartlett.

– Tal vez nada. Hay alguien en mi habitación del hotel. -Arrojó algún dinero sobre la mesa y se levantó-. Podría ser la camarera abriéndome la cama.

– Pero no lo crees, ¿verdad? -Bartlett lo siguió desde el comedor hasta el ascensor-. ¿Grozak?

– Ya veremos.

– ¿Una trampa?

– No es probable. Desea verme muerto, pero desea aún más el oro. Es probable que esté intentando encontrar un mapa o cualquier otra información a la que poder echarle el guante.

– Pero tú nunca dejarías nada de valor allí.

– Él no puede estar seguro de eso. -Se paró en el exterior de la puerta y sacó su pistola-. Quédate aquí.

– Sin problema. Si te matan, alguien tiene que llamar a gritos a la policía, y asumiré esa responsabilidad. Pero si es la camarera, puede que se nos pida que abandonemos este domicilio.



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