– No es la camarera. La habitación está a oscuras.

– Entonces, quizá debería…

Trevor abrió la puerta de una patada, se lanzó como una flecha hacia un lado y se tiró al suelo.

Ningún disparo. Ningún movimiento.

Se arrastró hasta detrás del sofá y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.

Nada.

Levantó la mano y encendió la lámpara situada en el extremo de la mesa, junto al sofá.

La habitación estaba vacía.

– ¿Puedo entrar? -gritó Bartlett desde el pasillo-. Me siento un poco solo aquí fuera.

– Quédate ahí un minuto. Quiero asegurarme… -Comprobó el armario empotrado, y luego el baño-. Entra.

– Bien. Fue interesante observarte entrando como una exhalación en la habitación, igual que Clint Eastwood en cualquiera de las películas de Harry el Sucio. -Bartlett entró cautelosamente en la habitación-. Aunque en realidad no sé por qué arriesgo mi valioso cuello contigo, cuando podría estar a salvo en Londres. -Echó un vistazo por la habitación-. Me parece que todo está bien. ¿Te estás poniendo paranoico, Trevor? Puede que ese artilugio que llevas tenga un cortocircuito.

– Tal vez. -Trevor echó un vistazo por los cajones-. No, parte de la ropa ha sido movida.

– ¿Cómo puedes saberlo? A mí me parece que está ordenada.

– Puedo. -Se dirigió al cuarto de baño. La bolsa de aseo estaba casi en la misma posición en que la había dejado.

Casi.

¡Mierda!

Descorrió la cremallera. La funda de piel seguía allí. Era del mismo negro que el fondo de la bolsa y podría haber pasado desapercibida.

– ¿Trevor?

– Estaré contigo en un minuto. -Abrió lentamente la funda y examinó los artículos, y luego las fotos. Ella lo miraba desde la foto con la mirada desafiante que Trevor tan bien conocía. Tal vez Grozak no la hubiera visto; o tal vez no le habría dado importancia, aunque así fuera.



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