La izquierda hispanoamericana, el mayo del 68, la universidad francesa, la clase media parisina, la nobleza europea, el mito Hemingway, todo queda cuestionado y con ello el concepto de verdad que se debate en el fondo de la obra de Alfredo Bryce Echenique. De esa duda acerca de la verdad parten las peculiares relaciones de su narrativa y de sus protagonistas con el arte y con la literatura, con la vida y con el amor. La creación de Octavia y la relación con ella, desde el cuaderno azul hasta el cuaderno rojo -de narrataria a protagonista, de invención irreal a presencia idealizada-, muestra esa peculiar versión de lo real, de lo verdadero, en definitiva, como en otro nivel plantea la novela de Hemingway, la fotografía de la llegada de Martín Romaña a Francia, la misma escritura y sentido de los cuadernos, y, en última instancia, el supuesto carácter autobiográfico de todo el conjunto. Los problemas con la realidad y la verdad se complican al presentar la obra a un personaje llamado Alfredo Bryce Echenique y a sus obras, e incluso a otros personajes coincidentes con reales. Pero un grado más lo supone la creación del cuento «Una carta a Martín Romaña», especie de epílogo del díptico que incluirá en Magdalena peruana y otros cuentos

Algunos de los relatos de Magdalena peruana y otros cuentos reflejan esa desilusión y el desajuste entre la realidad y los poderes de la ficción que se produce por diversos medios. La prensa frustra deseos en «Anorexia y tijerita», donde de nuevo la realidad parece pertenecer a los siempre poderosos, a pesar del juego del mundo al revés. El rumor destruye años de amistad en «Magdalena peruana», donde además cobra especial importancia la parodia -aquí un hedor sirve para activar la memoria involuntaria-, que Bryce Echenique comenzó a utilizar, desde las novelas de Pedro Balbuena y Martín Romaña, como medio a través del que se contempla el otro lado de la realidad ajena a la ficción que se parodia.



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