La novela supone la confirmación de una nueva etapa en que la metaficcionalidad se convierte en una apuesta definitiva y en la resolución de la búsqueda de respuestas vitales. Pero el caminar del protagonista, del narrador y del autor entre los bordes reales y narrativos – dentro y fuera del texto- resulta trágico. El drama de la búsqueda se resuelve en infortunados encuentros y en fracasadas experiencias; sólo el arte salva el trayecto de un personaje tan itinerante como sus invenciones. Por eso resultan extraordinariamente afortunadas la forma metaficcional o la recuperación de la novela de artista y el desarrollo en ambientes literarios y artísticos, así como el recurso al humor, que, como la oralidad, dotan a una vida de la sucedánea sensación de placer y de compañía.

Por ese mismo camino transita el protagonista de La vida exagerada de Martín Romaña (1981), primer volumen del díptico Cuadernos de navegación en un sillón Voltaire, que se cerrará con El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz (1984). La apertura metaficcional de cada volumen marca el rumbo vital del personaje y el mundo que va a transitar, esencialmente literario, ficcionalizado, producto de una fantasía desbordante, que actúa como instrumento para la transformación de la memoria -es decir, de la escritura-. Con ello, cabe la posibilidad de vengar aspectos o momentos del pasado, o corregirlos, y sacarlos del olvido, también, con el fin de evaluar los resultados. La obra va convirtiéndose en una novela de maduración y aprendizaje en diversos aspectos, aunque realmente lo que supone es un olvido de las formas heredadas de la cultura a través de las cuales Martín Romaña contemplaba la vida, el amor, la amistad, la política, la literatura. Así, la escritura no sólo es constatación sino también momento de reflexión; pero, además, resulta ser el espacio en que se resuelvan los problemas de perspectiva provocados por la misma literatura. De esa manera, el protagonista aprovecha para vengarse del pasado y crearse el suyo propio, como confirman los cuadernos azul y rojo, que acaban por constituirse en las dos novelas que formarán el díptico.



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