La ternura del diario adolescente constituirá sólo uno de los rostros de la poliédrica visión que de esa edad plantea el autor. «El descubrimiento de América» abandona esa ternura y explora en la sensualidad y una sexualidad que queda abocada al fracaso. No ocurre de forma diferente en «Yo soy el rey», donde lo grotesco, además, logra cotas no igualadas. Otras preocupaciones adolescentes ocurren en otros relatos, como la amistad en «Su mejor negocio» o el amor lejano en «Un amigo de cuarenta y cuatro años» (que parte de una experiencia que llevará hasta No me esperen en abril). También comienza a aparecer el desarraigo en el cuento que abre el volumen, pues, efectivamente, en «Dos indios» se ocupa por vez primera de la situación del peruano en Europa. Asimismo emerge la memoria del ciclo cuentístico al convertir un silencio -para el personaje narrador y para el lector- en recuerdo involuntario, a la manera de la magdalena proustiana. Es decir, que convierte el silencio en el motor fundamental del recuerdo y, como sugiere la presencia inicial de «Dos indios» en el volumen, ese secreto abre el libro adolescente, en que se convierte todo el conjunto de relatos, recuperadores del pasado por una operación de la memoria, debilitada como se observa por los desencuentros de ese cuento inicial o por el trastornado discurso del último, «Extraña diversión».

«Dos indios» indaga en el desarraigo, la emigración y la nostalgia desde una forma particular que supone la lucha de la memoria frente al olvido y que obtendrá otros excelentes frutos posteriores. El cuento se enfrenta en una primera persona que da cuenta de los acontecimientos. La nostalgia invade al protagonista, que narra una historia pasada (con personajes que regresarán a Un mundo para Julius) rota por el tiempo; la conversación sostiene el relato y el alcohol la silencia.



3 из 354