
Queda para el personaje narrador (y por tanto, para el lector) un secreto sin desvelar en el fondo de esa laguna narrativa, de ese iceberg hemingwayeano. El recurso regresa a
«Con Jimmy, en Paracas», relato del que Bryce Echenique siempre ha afirmado que le permitió el hallazgo definitivo de su propio estilo. Aquí, el silencio oculta un trauma que Manolo, el protagonista-narrador, sí conoce y que permanece escondido; el desciframiento será permitido sólo para algunos lectores, pues la victoria de la memoria sobre el olvido se produce cohibidamente. El mecanismo de la doble distanciación muestra la voluntaria y alejada perspectiva desde la que el protagonista contempla ese instante de su vida en que fue consciente de la homosexualidad. Los símbolos desperdigados, pero cuidadosamente colocados, hablan al lector con cierto reparo; las imágenes, desde el inicio, muestran el grisáceo contexto social en que se va a fraguar el desdichado encuentro; el diálogo final, casi en forma de escena, aporta la señal que corrobora los indicios. La etimología popular de la traducción final (de la palabra bungalow, que sospecha el muchacho, adiestrado en el inglés y ya en la vida) confirma la existencia de un trauma pasado que la escritura desea analizar y expiar; la timidez y el pudor provocan esa laguna que algunos lectores podrán desecar para hallar las causas auténticas de los orígenes del relato.
Con el hallazgo de la nueva fórmula, Bryce Echenique emprende la composición del cuento «Las inquietudes de Julius», pero pronto advierte que el personaje, su ambiente, la voz y el componente social requieren de una extensión mayor. El empeño se convierte en la primera novela del autor, Un mundo para Julius (1970), con la que logrará el reconocimiento internacional y de su país, como demuestra la concesión del premio Nacional en 1972. La interpretación sociológica, comprometida y antioligárquica con que se entendió entonces en Perú -desde 1968 gobernado por el general Juan Velasco Alvarado- sólo resultará uno de los muchos rostros que ofrecía una novela desenvuelta, rica y de sabor tierno que no sólo desplegaba los resortes de los más clásicos mecanismos narrativos sino que también arriesgaba una exposición grave.