– Creo que conozco bien a mi perra -dijo Gordon. Sabía que no se refería a Tess, pero le convenció la forma en que su comentario sirvió para cortar de raíz la conversación. A Cliff le gustaba demasiado hablar.

Gordon le dejó en la puerta de un pub en Minstead, una aldea escondida en un pliegue del terreno que estaba formado por una iglesia, un cementerio, una tienda, el pub y un grupo de viejas cabañas hechas de arcilla y paja situadas alrededor de un pequeño prado. Éste recibía la sombra de un viejo roble; cerca de él, pastaba un poni moteado. La cola recortada del animal había crecido desde el pasado otoño, cuando lo habían marcado. El poni no levantó la cabeza cuando la camioneta se detuvo ruidosamente no muy lejos de sus patas traseras. El animal vivía desde hacía tiempo en el New Forest, y probablemente sabía que su derecho a pastar allí donde le apeteciera era anterior al derecho de la camioneta a recorrer los caminos de Hampshire.

– Hasta mañana entonces -dijo Cliff, que se marchó para reunirse con sus colegas en el pub.

Gordon le observó cuando se alejaba y, por ninguna razón especial, esperó hasta que la puerta se cerró tras él. Luego puso nuevamente en marcha la camioneta.

Se dirigió, como siempre, a Longslade Bottom. Con el tiempo había aprendido que los hábitos fijos dotaban de seguridad. Durante el fin de semana podía escoger otro lugar para adiestrar a Tess, pero al acabar el trabajo de cada día prefería elegir uno cercano a donde vivía. También le gustaba el gran espacio abierto de Longslade Bottom. Y en los momentos en que sentía la necesidad de estar solo, le agradaba el hecho de que Hinchelsea Wood ascendiera por la ladera de la colina que se alzaba justo por encima de él.

El prado se extendía desde un aparcamiento irregular. Gordon avanzó por él entre las sacudidas de la camioneta. Tess, en la parte de atrás, ladraba con excitación al anticipar las carreras que le esperaban.



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