
En un día agradable como aquél, el suyo no era el único vehículo asomado al borde del prado: media docena de coches se alineaban como si se tratara de gatitos amamantando, frente a la extensión de terreno abierto donde, a la distancia, podía verse pastando un rebaño de ponis, cinco potrillos entre ellos. Los ponis, acostumbrados tanto a la gente como a la presencia de otros animales, permanecían tranquilos ante los ladridos de los perros que ya correteaban por el prado. Pero en cuanto Gordon los vio a unos cien metros de distancia, supo que una carrera libre por la hierba cortada al ras no era aconsejable para su perra. Tess tenía una debilidad por los ponis salvajes del Forest. A pesar de que uno de ellos la había pateado, de que otro la había mordido, y de que Gordon la había regañado duramente una y otra vez, la perra se negaba a entender que su misión en la vida no era la de perseguir a esos pequeños caballos.
Tess ya estaba ansiosa. Gemía y se relamía por anticipado ante el desafío próximo. Gordon casi podía leer su mente canina: «¡Y también hay potrillos! ¡Malvados! ¡Qué divertido!».
– Ni se te ocurra -dijo Gordon y buscó la correa dentro de la camioneta. La sujetó al collar y luego soltó a Tess.
La perra se lanzó hacia delante plena de optimismo. Cuando Gordon tiró de la correa se produjo un intenso drama mientras Tess tosía y respiraba con dificultad. Gordon pensó, no sin resignación, que era un típico atardecer de paseo con su perra.
– No tienes el cerebro que Dios te dio, ¿verdad? -le preguntó. Tess lo miró, meneó la cola y sonrió como sonríen los perros-. Eso que haces puede que haya funcionado una vez -siguió-, pero ahora no te dará resultado.
Llevó a la golden retriever hacia el noreste, decididamente lejos de los ponis y sus potrillos. Tess fue con él, pero dispuesta a cualquier forma de manipulación que pudiese intentar. Miraba repetidamente por encima del hombro y gemía, obviamente con la esperanza de que su dueño cambiara de opinión. No lo consiguió.
