El viaje a Ringwood no era demasiado largo, apenas un paseo por la A31 con el viento soplando a través de las ventanillas y su cinta de afirmación personal sonando a todo volumen. Una voz recitaba: «Yo soy y yo puedo, yo soy y yo puedo», y Meredith se concentró en este mantra. En verdad no creía que este tipo de cosas realmente funcionara, pero estaba decidida a remover cielo y tierra en pos de su carrera.

Un atasco de tráfico en la salida de Ringwood le recordó que era día de mercado. El centro de la ciudad estaría rebosante de gente, con los compradores avanzando en oleadas hacia la plaza del mercado, donde una vez por semana los pintorescos puestos se instalaban debajo de la torre neonormanda de la iglesia parroquial de San Pedro y San Pablo. Además de la gente que acudía a comprar habría turistas, ya que en esta época del año el New Forest estaba plagado de ellos, como cuervos alrededor de un animal muerto en la carretera: excursionistas, caminantes, ciclistas, fotógrafos aficionados y demás formas de entusiastas del aire libre.

Meredith echó un vistazo a su pastel de chocolate. Había sido un error colocarlo sobre el asiento y no en el suelo. El sol le daba de lleno y el baño de chocolate no estaba saliendo airoso de la experiencia.

Meredith tuvo que reconocer que su madre tenía razón: ¿en qué demonios estaba pensando, llevándole un pastel a Jemima? Bueno, ahora ya era demasiado tarde para cambiar de planes. Tal vez las dos se echarían a reír juntas cuando finalmente consiguiera llegar con el pastel a la tienda de su amiga. Era el Cupcake Queen, en Hightown Road. La propia Meredith había ayudado a que Jemima encontrase ese local desocupado.



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