
Hightown Road era una zona variopinta, perfecta para el Cupcake Queen. A un lado de la calle, las residencias de ladrillo rojo asumían la forma de verandas que se curvaban en un agradable arco de porches abovedados, miradores y ventanas abuhardilladas con carpintería blanca que formaba sus delicados picos. El Railway Hotel, un antiguo hostal, se alzaba un poco más lejos en ese mismo lado de la calle, con plantas que se inclinaban desde tiestos de hierro forjado que colgaban encima de las ventanas y derramaban su color hacia la acera. En el otro lado de la calle, había tiendas de automóviles que ofrecían servicios desde reparación de coches hasta ventas de todoterrenos. Un salón de peluquería ocupaba unos bajos junto a una lavandería industrial. Cuando Meredith vio por primera vez, contiguo a esta última, un establecimiento vacío con un polvoriento cartel de «Se alquila» en el escaparate, había pensado de inmediato en el negocio de pasteles de Jemima, que había empezado con mucho éxito en su casa cerca de Sway, pero que por aquel entonces necesitaba expandirse.
– Jem, será genial -le había dicho entonces-. Yo puedo acercarme a la hora del almuerzo y podemos comer un bocadillo o cualquier cosa.
Por otra parte, ya era hora de hacerlo. ¿Acaso quería llevar para siempre su incipiente negocio desde la cocina de su casa? ¿No quería dar el gran salto?
– Tú puedes hacerlo, Jem. Tengo fe en ti.
Fe en lo que a los negocios se refiere, en realidad. Cuando se trataba de cuestiones personales, no tenía ninguna fe en Jemima.
No le había llevado mucho tiempo convencerla, y el hermano de Jemima había aportado parte del dinero, como Meredith sabía que haría. Pero poco después de que Jemima firmase el contrato de alquiler, Meredith y ella se habían distanciado a causa de una acalorada y francamente estúpida discusión acerca de lo que Meredith consideraba la eterna necesidad de Jemima de tener un hombre a su lado.
