
Pero era evidente que algo no había funcionado.
– Entonces ¿no hablaste con…, bueno, con él? ¿Ella no dijo nada acerca de lo que podría haber estado ocurriendo en su casa? ¿No la llamaste allí?
Lexie meneó la cabeza.
– Supongo que, simplemente, no me quería -contestó la chica-. En general, nadie lo hace.
De modo que no tenía más alternativa que ir a casa de Jemima. Era lo único que podía hacer. No le gustaba nada esa idea, porque sentía que le proporcionaba a su amiga una especie de ventaja sobre ella en la conversación. Pero sabía que si realmente su intención era reconciliarse, entonces tendría que hacer todo lo que hiciera falta para conseguir su propósito.
Jemima vivía con su novio entre Sway y Mount Pleasant. Allí, ella y Gordon Jossie, de alguna manera, habían conseguido lo que en Inglaterra se denomina «acceder a los derechos de un plebeyo», de modo que había tierra unida a la propiedad. En verdad no era mucha tierra, pero, aun así, media docena de hectáreas no eran una cantidad nada despreciable. En la propiedad había también algunas construcciones: una vieja cabaña de arcilla y paja, un granero y un cobertizo. Una parte de las tierras incluía antiguos prados para atender a las necesidades de los ponis de la finca durante los meses de invierno. El resto eran tierras desocupadas, llenas en su mayor parte de matorrales que, a lo lejos, dejaban paso a una zona boscosa que no formaba parte de la finca.
Las construcciones en la propiedad estaban a la sombra de un grupo de castaños dulces, todos ellos desmochados hacía tiempo, de modo que ahora sus ramas crecían por encima de la altura de la cabeza desde los restos bulbosos de aquellas primeras amputaciones que, cuando eran jóvenes, habían contribuido a salvar a los árboles de las bocas hambrientas de los animales. Eran unos castaños realmente enormes. En los meses de verano moderaban la temperatura alrededor de la casa y perfumaban el aire con una fragancia que resultaba embriagadora.
