
Golpeó la puerta, pero nadie respondió. Tampoco logró respuesta alguna cuando dijo: «¿Jem? ¿Hola? ¿Dónde estás, cumpleañera?». Estaba pensando en entrar en la casa -nadie cerraba las puertas con llave en esta parte del mundo- y dejar el pastel acompañado de una nota cuando oyó que alguien decía:
– ¿Hola? ¿Puedo ayudarla? Estoy aquí.
No era Jemima. Meredith lo supo al instante por la voz sin necesidad de darse la vuelta. Pero lo hizo y fue para ver a una joven rubia que llegaba desde el granero, sacudiendo un sombrero de paja que luego se colocó en la cabeza mientras se acercaba.
– Lo siento -dijo-. Tenía problemas con los caballos. Es algo muy extraño: por alguna razón, este sombrero parece asustarlos, de modo que me lo quito cuando me acerco al prado.
Meredith pensó que tal vez esa mujer era alguien a quien Gordon y Jemima habían contratado. Por ley se les permitía tener ponis salvajes, y también debían cuidar de ellos si, por alguna razón, los animales no podían pastar libremente en el Forest. El trabajo de Gordon y el de Jemima los mantenía ocupados, así que no estaba completamente fuera de lugar que tuvieran que contratar a alguien en el caso de que se viesen obligados a mantener a los ponis dentro de la finca. Aunque… aquella mujer no parecía una moza de cuadra. Cierto, llevaba vaqueros, pero era el tipo de prenda de diseño que usan los famosos, algo que se ceñía a sus curvas. Calzaba botas, pero eran de cuero brillante y muy elegantes, no eran como las que se empleaban para meterse en el barro. Llevaba puesta una camisa de trabajo, pero con las mangas enrolladas mostrando los brazos bronceados y el cuello levantado que mostraba el rostro. Era como la «imagen» de una mujer de campo, no una auténtica mujer de campo.
– Hola -Meredith se sintió torpe y desgarbada. Las dos mujeres eran de la misma altura, pero allí se terminaban todas las semejanzas. Meredith no estaba vestida como esta visión de la-vida-en-Hampshire que se acercaba hacia ella. Con el caftán que cubría su cuerpo como una mortaja, se sentía como una jirafa-. Lo siento, creo que le he bloqueado la salida -dijo, señalando el coche con la cabeza.
