– Les tomaron esta foto unos meses antes de que murieran -reveló Kelsa, mostrándosela.

Durante varios segundos, Kelsa se quedó parada ahí, mientras Garwood Hetherington estudiaba la impresión en silencio. Luego, sin hacer ningún comentario sobre su padre, le dijo suavemente a Kelsa:

– Su madre era muy hermosa.

– Sí; lo era -convino Kelsa.

– Y usted -comentó en el mismo tono suave- es igual a ella. Eso no era exactamente verdad, pues Kelsa, aunque heredó las facciones de su madre, tenía el cabello más rubio, pero aunque en la foto no podía observarse el color de sus ojos, era un hecho que los de Kelsa eran del mismo sorprendente y hermoso tono azul.

– Gracias -dijo ella.

– Gracias a usted -recalcó él-; gracias por mostrarme esta foto -y, devolviéndosela, se volvió y se dirigió hacia la puerta-. Nos vemos mañana -dijo con ligereza y salió antes que ella pudiera darle las gracias por traerla a la casa.

El hombre tenía la misma sonrisa amistosa cuando Kelsa entró a su oficina, al día siguiente. De hecho, su sonrisa nunca había sido tan brillante, así que Kelsa tuvo que adivinar.

– ¿Su hijo ya está aquí?

Él asintió, ampliando su sonrisa.

– No hemos tenido oportunidad de charlar gran cosa, pero sí, ya está aquí. Quiero presentarlos a ustedes dos en la primera oportunidad que tenga.

Kelsa sacó unos papeles para trabajar, pensando que era muy gentil por parte de su jefe haberle dicho eso. Sin embargo, más tarde, después de conocer a Carlyle Hetherington, ya no estaba tan segura de sus sentimientos. Era media tarde cuando, al oír una leve exclamación en la oficina de junto, Kelsa se asomó y vio que Garwood Hetherington trataba de sacarse una astilla del dedo.

– Se supone que este escritorio que es una antigüedad, ya debería tener la madera alisada -se quejó él y se pareció tanto a un niño chiquito, que mientras Kelsa se acercaba y le sacaba la astilla, tuvo que reírse.



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