
– ¡Me parece la mejor noticia que he oído esta semana! -se rió.
Eran las cuatro y media cuando salieron de la oficina y Kelsa tuvo una sensación de culpa cuando bajaron por el ascensor y se dirigieron a la puerta de vidrio cilindrado de la salida. También advirtió que su jefe, que después de todo era el dueño de toda la organización, seguramente estaba tan poco acostumbrado a irse temprano del trabajo, que parecía sentirse culpable de eso. Él debió captar el humor en la mirada de Kelsa, pues al detenerle la puerta abierta para que ella pasara, ambos soltaron la carcajada al salir a la noche de enero.
Era un hombre muy gentil y Kelsa se sentía muy cómoda al contestar sus comentarios, mientras le daba indicaciones del camino a seguir. Cuando llegaron al edificio, él exclamó de repente:
– Debo estar en la luna… ¡Tenía que hacer una llamada muy importante!
– ¿Gusta hacer su llamada desde mi apartamento? -ofreció Kelsa de inmediato.
– ¿Puedo? -preguntó él y, haciendo un comentario de que ya debería de comprarse un teléfono celular, entró con Kelsa al viejo edificio.
– El teléfono está ahí -sonrió Kelsa, dejándolo para ir a quitarse el abrigo y la bufanda. Él había terminado su llamada cuando Kelsa regresó a la sala.
– Qué habitación tan agradable -comentó él, al observar sus muebles.
– Los muebles vienen de mi casa vieja… que era de mis padres.
– ¿Sus padres también eran de Herefordshire?
– Mi padre sí -aclaró ella-. Mi madre nació en Inchborough… un pueblo cerca de Warwickshire.
– Y usted los quería mucho -comentó él con gentileza.
– Éramos una familia muy feliz -sonrió Kelsa.
– Me alegra -dijo él y parecía dispuesto a retirarse cuando comentó-: No tiene retratos de sus padres a la vista -y, siguiendo un impulso, Kelsa se dirigió al pequeño escritorio y sacó una fotografía instantánea de sus padres.
