Debido a que nunca había conocido a alguien con quien sintiera una aversión tan instantánea hacia ella, esperaba estar equivocada; sin embargo, cuando unos diez minutos después, se abrió la puerta de comunicación y salió Lyle Hetherington mirándola fijamente al pasar frente a ella y sin decir palabra, Kelsa supo que no se había equivocado.

Pasó el resto de la mañana tratando de concentrarse en su trabajo, pero al mismo tiempo los pensamientos sobre Lyle llenaban su mente. Su padre le comentó varias veces que él podía ser despiadado… Pero, ¿qué razones podía tener para ser rudo con ella? ¿Por qué molestarse? Ya era el director general y heredero del puesto de presidente cuando su padre decidiera retirarse; entonces, ¿era posible que un hombre que en un futuro iba a manejar un imperio como el Grupo Hetherington, perdiera su valioso tiempo con una asistente de la secretaria de su padre?

Kelsa comprobó que así era, cuando esa misma tarde, poco después de que salió Garwood Hetherington de la oficina para acudir a una cita que tenía pon los abogados de la compañía, se abrió la puerta exterior y entró su hijo.

Una mirada a su helada expresión cuando él cerró la puerta para aislarlos de los demás empleados, fue todo lo que necesitó Kelsa para saber que el hombre continuaba con la misma actitud áspera.

Sin embargo, en vez de enfrentarse a lo que parecía una guerra abierta, Kelsa empezó a decir:

– Me temo que el señor Hetherington salió temprano para una cita que tenía y no creo que regrese hoy a…

– ¡Eso ya lo sé! -la interrumpió bruscamente él-. He venido a verla a usted.

A Kelsa definitivamente no le gustó su tono de voz, pero siendo de buen carácter por naturaleza, preguntó con toda la calma que pudo:



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