
– ¿Quería verme para algún asunto? -y se quedó atónita por la respuesta.
– ¿Qué diablos hay entre usted y mi padre? -ladró, furioso.
– ¿Qué? -exclamó ella y se le quedó mirando con la boca abierta, segura de no haberlo oído bien. Pero por su expresión sombría, Kelsa vio que Lyle Hetherington no tenía intenciones de repetir lo que dijo, lo cual la obligó a salir de su asombro y preguntar-: ¿Qué es lo que quiere decir?
– Lo obvio, desde luego -gruñó él, con la mirada más dura. Era evidente que no creía en el aspecto perturbado de Kelsa-. Es obvio que hay algo entre ustedes dos, además de haber visto la forma en que se toman de las manos a la primera oportunidad y se ríe usted con él…
– ¡Tomarnos de las manos! -exclamó Kelsa, a punto de perder la paciencia, pero tratando de seguir calmada. Él debió ver cuando ella tomaba la mano de su padre cuando le sacó la astilla, esa mañana-. Usted está equivocado -le explicó de inmediato-. Si hubiera usted llegado a la oficina del señor Hetherington unos segundos antes, habría visto cómo le sacaba una astilla de la m…
– ¡Vaya! ¡Por favor! -la interrumpió él con dureza-. ¿Acaso parece que nací ayer?
Ciertamente no lo parecía. El hombre era muy rudo, sofisticado y alguien tendría que ser muy astuto para poder tomarle el pelo. Pero ella no trataba de engañarlo, así que lo único que podía hacer era protestar.
– ¡Es la verdad! Se lo juro…
– Puede jurar todo lo que quiera, señorita Stevens -nuevamente la interrumpió haciéndola perder la calma-; pero, además, en cuanto salió usted de su oficina esta mañana, mi padre me dijo que tenía un asunto de índole personal que quería discutir conmigo…
– Pero eso qué tiene que ver conmigo -trató de interrumpirlo ella a su vez, elevando un poco la voz.
– Algo -continuó él, como si ella no hubiera hablado-, que era tan personal que no quería discutirlo aquí en la oficina…, ni en su casa, donde hay el riesgo de que mi madre…, su esposa durante los últimos cuarenta años…, pudiera oírlo.
