– ¡Le digo que no tiene nada que ver conmigo! -insistió Kelsa con energía-. Lo que sea, será algo relacionado con otra persona. Le repito que no hay absolutamente nada entre su padre y yo y le…

– ¿Ni siquiera está encariñada con él? -preguntó él burlonamente y agregó con cinismo-: Aunque, desde luego, eso no es necesario.

– Pues estoy encariñada con él. ¡Es un hombre fabuloso! -replicó ella, acalorada-. Pero eso no quiere decir que tenga yo un amorío con él o lo que sea que está usted insinuando.

– Ah, no sólo lo estoy insinuando, señorita Stevens. Lo estoy afirmando. Tengo la evidencia de mis propios ojos, la evidencia de verlos a ustedes dos con risitas de colegiales cuando, sin esperar a que dieran las cinco, mi padre rompió con su tradición y se fue temprano de la oficina, para llevarla a usted a su casa, para estar en su ambiente de mayor intimidad.

Ante eso, Kelsa estalló.

– ¡No sea repugnante! -exclamó, con los ojos fulgurantes.

– ¿Niega que fue usted con él en su coche a…?

– No, eso no lo niego. Él me iba a llevar, porque mi coche estaba en el taller y…

– ¡Vaya! ¡Creía que yo pensaba con rapidez!

– ¿Dejará de interrumpirme? -gritó ella.

– ¿Por qué habría yo de hacerlo? Yo mismo vi cómo salieron ustedes alegremente del coche de mi padre y entraron al apartamento de usted. Y eso que sólo la iba a llevar.

Kelsa quedó tan sorprendida que parpadeó.

– ¿Nos vio? -y luego de pensarlo, preguntó-: ¿Nos siguió? -casi sin poder creerlo.

– Eso le cortó su hilo de mentiras, ¿eh? -sonrió él sombríamente-. Sí, los vi y los seguí; además, tengo muy buena vista.

– ¡Está usted equivocado! ¡Muy equivocado! Su padre subió conmigo a mi apartamento, sí, pero…

– ¡No necesito seguir escuchando esto! -la cortó él-. No necesito su inventiva para decir mentiras por más rápida que sea. Su ascenso a esta oficina desde la banca de mecanógrafas ha sido meteórica, en el poco tiempo que lleva aquí.



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