
Pero Luke no necesitaba una madre. De hecho, nunca la había necesitado. Sin embargo, no había conseguido convencerla.
Miró hacia la rompiente de las olas, a las chicas con ridículos bikinis y no vio nada más que al doctor Leo Atkinson, del South Village Medical Center, frunciendo el ceño. Luke era el jefe del área de urgencias, pero Leo era el jefe de cirugía. También era el director de varios departamentos. Así que, aunque técnicamente eran iguales, Leo tenía más poder, puesto que estaba en la junta directiva del hospital y en el ayuntamiento. Algo que a Luke le parecía bien, ya que sólo quería que lo dejaran en paz para poder curar a la gente y no tener que navegar en las hediondas aguas de la política hospitalaria.
– Llegaste demasiado lejos, Luke -le había dicho Leo-. Eres una pesadilla de la mercadotecnia y, ahora, por desgracia, tendrás que hacer algo o no te volverán a nombrar director del área de urgencias en este siglo.
Por supuesto, se refería a cuando Luke había hecho un comentario acerca de la idiotez de los burócratas que dirigían el hospital después de enterarse de que habían ayudado a financiar el centro Healing Waters Clinic, un lugar donde la medicina convencional ni siquiera se practicaba.
El comentario se había filtrado a la prensa, y lo habían publicado en Los Ángeles Times y en The South Village Press. Las consecuencias habían sido inmediatas. El dueño de la clínica había llamado a la dirección del hospital, que se lo había dicho a Leo, quien había hablado con Luke.
– Arréglalo. Retráctate de tu comentario -le había dicho.
No era tan sencillo. Para Luke, las cosas eran blancas o negras.
Cuando se trataba de una urgencia médica, podía solucionarla o no. Y la mayor parte de las veces, sí lo hacía.
Para él no había zonas grises, nada intermedio.
Pero Healing Clinic Waters… Allí se trabajaba en esa zona gris de la aromaterapia, la acupuntura, la fisioterapia… el yoga.
