Una ola tras otra rompía contra la orilla, provocando las carcajadas de las bellezas que jugaban en el agua. Luke inhaló la brisa marina y espiró despacio.

– ¿No quieres saber quién dejó las galletas? Deja que te haga recordar. Rubia, alta, guapísima. Y… -Carmen colocó las manos delante de sus pechos-. Pechugona. Luke inhaló de nuevo.

– ¿Estás escuchándome?

– Intento no hacerlo.

– ¡Ay! ¿Quieres saber quién te dejó las galletas o no?

Lucy Cosine. Él la había cosido a principios de semana. No se había detenido en un semáforo en rojo y se había empotrado contra un camión, atravesando el parabrisas con la cabeza. Tenía veintitantos años, era rica y buscaba marido, esas habían sido sus palabras, no las de él, y, al parecer, Luke encajaba en lo que ella iba buscando.

Una lástima que no estuviera en el mercado.

– ¿Están buenas las galletas?

– Bah -Carmen hizo una mueca-. Las mías están mejor.

Frente a ellos, una de las mujeres se metió bajo una ola y salió riéndose como una idiota.

– Qué trabajo más duro tienes aquí, doctor. No puedo creer que no consigas una mujer. A lo mejor tienes un problema de capacidad de concentración.

Luke miró el cielo azul de California.

– Curioso.

– El amor es un buen alivio para el estrés.

– No vamos a discutir sobre sexo.

– He dicho amor. No sexo -dijo Carmen-. Pero el sexo también funciona.

Luke soltó una carcajada. Siempre, por muy mal que se pusieran las cosas, Carmen podía darle el toque cómico al asunto.

– Me estás estropeando el mal humor.

– Bien -sonrió ella, y lo besó de forma ruidosa en la mejilla-. Sólo quiero que seas feliz, Luke. Todo el mundo se merece un poco de felicidad.

– Lo soy -o había sido bastante feliz, hasta el ultimátum que Leo le había dado ese día.

– No, para eso necesitas una mujer, alguien con quien compartir tu corazón, tu casa, tu cama, y no es necesario que sea en ese orden.



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