
El vacío que había dejado el T-Bird lo ocuparía al día siguiente un Corvette del 54. Habían localizado ese deportivo clásico en un garaje desvencijado del sur de California, y Jack había volado hasta allí hacía tres días para echarle un vistazo. Al descubrir que el cuentakilómetros original indicaba tan solo setenta mil kilómetros y que todo lo demás parecía en orden, lo compró de inmediato por ocho de los grandes. Una vez restaurado, aquel Corvette le haría ganar diez veces lo que había pagado por él. En lo que a restaurar coches antiguos se refería, en Clásicos Americanos Parrish eran los mejores. Todo el mundo lo sabía.
Los hermanos Parrish llevaban el rugir de los motores y el olor de la gasolina en la sangre. Jack y Billy habían trabajado en el taller de su padre desde pequeños. Repararon su primer motor siendo unos mocosos. Podían distinguir un ocho cilindros en V de 260 en uno de 289 con los ojos cerrados, y eran capaces de reparar un inyector de gasolina incluso durmiendo. Orgullosos hijos de la comunidad de Lovett, Tejas, con una población de diecinueve mil tres habitantes, los hermanos Parrish habían crecido adorando el fútbol americano, la cerveza fría y quemando neumáticos en carreteras anchas y llanas, por lo general acompañados de alguna de esas hembras de espesa cabellera y moral relajada que se pintaban los labios mirándose en el retrovisor.
Los muchachos habían crecido en una pequeña casa con tres dormitorios situada detrás del taller mecánico. El negocio original había cambiado mucho. Lo reemplazaron por un local más grande y moderno con espacio para ocho automóviles. También limpiaron el jardín que se extendía en la parte trasera. Los coches viejos y las piezas desechadas habían desaparecido de allí hacía tiempo.
