
Una brisa calurosa se cernió sobre su piel cuando caminó hacia el exterior. Había hecho mucho calor en mayo; todos hablaban de eso. Era la clase de clima que parecía alegrar el humor, tan sorprendentemente agradable que uno no podía dejar de sonreír. Y de hecho, los invitados parecían estar muy felices; los zumbidos bajos de las conversaciones estaban sazonados con frecuentes ataques de risas.
Gregory echó una mirada alrededor, tanto para buscar los refrescos, como para buscar preferiblemente a su cuñada Kate, a quien según los buenos modales, debía saludar primero. Pero cuando sus ojos pasaron sobre la escena, en su lugar la vio…
A ella.
A ella.
Y lo sabía. Sabía que ella era la única. Estaba congelado, inmóvil. El aire no corría en su cuerpo; más bien parecía, escapar lentamente hasta no quedar nada, y se quedó allí, vacío, y ansioso por más.
No podía ver su cara, ni siquiera su perfil. Solo le veía la espalda, la impresionantemente perfecta curva de su cuello, un mechón de pelo rubio arremolinado en su hombro.
Y en todo lo que podía pensar, era: Estoy arruinado.
Para todas las mujeres, estaba arruinado. Esa intensidad, ese fuego, esa sensación tan aplastante de estar en lo correcto, nunca la había sentido.
Quizás era tonto. Quizás estaba loco. Probablemente ambas cosas. Pero había estado esperando. Por ese momento, tanto tiempo, lo había estado esperando. Y repentinamente todo se había vuelto tan claro, porque no se iba a unir a la milicia o al clero, o aceptar la oferta de su hermano de administrar una pequeña propiedad.
Había estado esperando. Era todo lo que había hecho. Infiernos, no había comprendido que no había hecho nada más que esperar por este momento.
Y allí estaba.
Ella estaba allí.
Y él lo sabía.
