
Como resultado, Gregory siempre se había sentido más en casa en la ciudad que en el campo. Bridgerton House en Londres, era la casa de su niñez, no Aubrey Hall. Aún, disfrutaba de sus visitas, y siempre participaba en actividades y juegos bucólicos, tales como montar y nadar (cuando el lago estaba lo suficientemente caluroso para permitirlo), y aunque parezca extraño, le gustaba el cambio de clima. Le gustaba el aire silencioso y limpio después de pasar meses en la ciudad.
Y le gustaba la forma en la que podía dejar todo atrás cuando estaba demasiado callado y limpio.
Las festividades de la noche estaban celebrándose en el césped del sur, eso era lo que le había dicho el mayordomo cuando había llegado a casa esa noche. Parecía ser un buen lugar para una fiesta al aire libre, por el nivel del suelo, la vista al lago, y un patio enorme lleno de suficientes sillas para los menos enérgicos.
Cuando se acercó al enorme salón que conducía al exterior, pudo escuchar los murmullos bajos de las voces que zumbaban a través de las puertas francesas. No estaba seguro de cuantas personas habían sido invitadas a la fiesta, pero probablemente eran alrededor de veinte o treinta. Muy pocas para ser íntima, pero lo suficientes para que uno no pudiera escapar a algún lugar pacífico y callado sin dejar un agujero abierto en la reunión.
Cuando Gregory atravesó el salón, tomó una respiración profunda, intentando determinar la clase de comida que Kate había decidido servirles a sus invitados. No habría mucha, por supuesto; seguramente ya los había atendido bien en la cena.
Dulces, decidió Gregory, cuando percibió un suave aroma a canela, al llegar a las piedras de color gris claro del patio. Soltó una respiración de desilusión. Estaba muerto de hambre, y una enorme tabla de carne, parecía el cielo.
Pero había llegado tarde, y nadie tenía la culpa más que él, y Anthony tendría su cabeza si no se unía a la fiesta inmediatamente, entonces los pasteles y los bizcochos tendrían que esperar.
