
Había llegado a esa estupenda conclusión un día, mientras no le prestaba la debida atención a sus lecciones de Composición y Literatura Inglesa en la escuela de la Srta. Moss, para Jóvenes Damas Excepcionales, donde ella y Hermione habían estudiado durante tres años.
Lucy era un poco menos. O quizás, si uno quisiera decirlo mejor, ella simplemente no era suficiente.
Era, suponía, razonablemente atractiva, en ese saludable y tradicional clase de rosa a la manera Inglesa, pero los hombres raramente (oh, más bien, nunca) se quedaban mudos en su presencia.
Hermione, sin embargo… bueno, era algo bueno que ella fuera una persona tan agradable. De lo contrario, habría sido imposible que fueran amigas.
Bueno, y que el hecho de que ella simplemente no pudiera bailar. Vals, contradanzas, minuetos, no importaba realmente. Si involucrara música y movimiento, Hermione no podía hacerlo.
Y eso era estupendo.
Lucy no se creía a sí misma una persona particularmente superficial, y habría insistido, si cualquiera le hubiese preguntado, en que voluntariamente se atravesaría delante de un carruaje por su más querida amiga, pero se sentía una clase de satisfacción imparcial en el hecho de que la muchacha más hermosa de Inglaterra tenía dos pies izquierdos, y que por lo menos uno de ellos era de palo.
Metafóricamente hablando.
Y ahora aquí estaba otro. Hombre, por supuesto, no pie. Guapo, también. Alto, aunque no demasiado, con un cálido cabello castaño y una sonrisa muy agradable. Y con un brillo en los ojos, de un color que no podía determinar en el borroso aire nocturno.
Sin mencionar que no podía ver sus ojos en realidad, porque él no la estaba mirándola a ella. Estaba mirando a Hermione, como lo hacían siempre todos los hombres.
