
Sus ojos tenían esa expresión ligeramente empañada. Los labios separados. Y lucía tan concentrado, como si quisiera tomar a Hermione, salir corriendo con ella a cuestas, para mandar a la gente y a los modales al demonio.
En oposición a la forma en que la miraba a ella, que podía catalogarse fácilmente como desinteresadamente cortés. O quizás era una mirada del tipo: ¿Por qué estás atravesada en mi camino, impidiéndome así, tomar a Hermione en mis brazos y correr colina abajo con ella, para mandar a la gente y a los buenos modales al demonio?
Eso no era exactamente decepcionante. No… era… no-decepcionante.
Debía haber una palabra para eso. En realidad, tenía que haberla.
– ¿Lucy? ¿Lucy?
Lucy comprendió con un poco de vergüenza que no le había prestado la debida atención a la conversación. Hermione la miraba con curiosidad, tenía la cabeza inclinada de esa manera tan suya, que los hombres siempre parecían encontrar tan agradable. Lucy había tratado de imitarla una vez. Y eso la había mareado.
– ¿Sí? -murmuró, ya que algún tipo de expresión verbal parecía ser necesaria.
– El Sr. Bridgerton me ha pedido un baile -dijo Hermione-, pero le he dicho que yo no puedo.
Hermione siempre fingía que tenía los tobillos torcidos o que tenía un resfriado para mantenerse fuera de la pista de baile. Lo cual también era muy bueno y excelente, pero ella siempre le pasaba a todos sus admiradores a Lucy. Lo cual había sido muy bueno y excelente al principio, pero se había convertido en algo tan común que Lucy había empezado a sospechar que ahora los caballeros pensaban, que eran dirigidos hacia ella por lastima, lo cual no podía haber estado más lejos de la verdad.
Lucy era, si lo decía de sí misma, una muy buena bailarina. Y también una excelente conversadora.
– Sería un placer bailar con Lady Lucinda -dijo el Sr. Bridgerton, porque, en realidad, ¿qué más podía decir?
