
– Como le ha ido, Lady Lucinda -murmuró.
– Muy bien, gracias -y entonces, podría golpearse así misma porque realmente había tartamudeado la M muchísimo, pero por el amor de Dios, ellos nunca la miraban después de mirar a Hermione, nunca.
¿Será que él estaba interesado en ella?
No, imposible. Ellos nunca lo estaban.
Y en realidad, ¿eso que importaba? Por supuesto que sería algo muy bueno, que un hombre se enamorara loca y apasionadamente de ella esta vez. Realmente, no se molestaría por ese tipo de atenciones. Pero la verdad era, que Lucy prácticamente estaba comprometida con Lord Haselby y eso había sido así durante años y años, así que sería inútil tener a un admirador loco por ella. No era como si pudieran llegar a algo concreto.
Y además, seguramente Hermione no era culpable de haber nacido con la cara de un ángel.
Así que Hermione era la sirena, y Lucy era la amiga fiel, y de esa forma todo el mundo andaba bien. Y si no iba bien, por lo menos era bastante predecible.
– ¿Podemos contarlo a usted como uno de nuestros anfitriones? -preguntó Lucy finalmente, ya que nadie había dicho nada desde que habían terminado con el protocolo-. Es un placer conocerlo.
– Me temo que no -replicó el Sr. Bridgerton-. Aunque me gustaría mucho tomar algo de crédito en las festividades, yo tengo mi residencia en Londres.
– Es usted muy afortunado de tener a Aubrey Hall para su familia -dijo Hermione educadamente-. Aunque sea propiedad de su hermano.
Y allí fue cuando Lucy lo supo. El Sr. Bridgerton estaba encaprichado con Hermione. Que se olvidara que había besado su mano primero, o que la había mirado realmente cuando había dicho algo, lo cual la mayoría de los hombres nunca se molestaban en hacer. Uno solo tenía que ver la forma en la que él miraba a Hermione cuando le hablaba, para darse cuenta, que ahora era uno más de su legión de admiradores.
