
Tenía que llegar a la iglesia.
Tenía que detener la boda.
¿Cuánto tiempo llevaba corriendo? ¿Un minuto? ¿Cinco? No podía saberlo, no podía concentrarse en otra cosa diferente a su destino.
La iglesia. Tenía que llegar a la iglesia.
Tendría que haber empezado a las once. Eso. La ceremonia. Eso que jamás debió haber pasado. Pero sin embargo, ella lo había hecho. Y él tenía que detenerla. Tenía que detenerla a ella. No sabía como lo iba a hacer, y seguramente no sabía por qué, pero ella estaba haciéndolo, y todo era un error.
Ella tenía que saber que estaba en un error.
Ella era suya. Ambos se pertenecían. Ella lo sabía. Lo peor de todo, era que ella lo sabía.
¿Cuánto tiempo tardaría en desarrollarse una ceremonia? ¿Cinco minutos? ¿Diez? ¿Veinte? Nunca había prestado atención antes, seguramente nunca pensó en mirar su reloj de principio a fin.
Nunca pensó que necesitaría esa información. Nunca pensó que le importaría tanto.
¿Cuánto tiempo llevaba corriendo? ¿Dos minutos? ¿Diez?
Giró alrededor de una esquina y se dirigió a Regent Street, gruñendo lo que parecía ser un «perdóneme» cuando tropezó con un caballero respetablemente ataviado, y le tiró su maleta al piso.
Normalmente Gregory se habría detenido para ayudar al señor, inclinándose para recoger su maleta, pero no hoy, no esta mañana.
No ahora.
La iglesia. Tenía que llegar a la iglesia. No podía pensar en nada más. No debía. Debía…
¡Maldición! Patinó al hacer una parada, cuando un carruaje se detuvo enfrente de él. Descansando las manos en sus caderas -no porque quería, sino porque su desesperado cuerpo se lo exigía- aspiró enormes bocanadas de aire, intentando aliviar la furiosa presión de su pecho, ese horrible ardor, que lo hacía sentir como…
El carruaje se movió y él comenzó a correr de nuevo. Ahora estaba cerca. Podía hacerlo. No podían haber pasado más de cinco minutos desde que había salido de la casa. Quizás seis. Se sentían como treinta, pero no podían haber pasado más de siete.
