Tenía que detener esto. Todo estaba mal. Tenía que detenerlo. Lo detendría.

Ya podía ver la iglesia. A lo lejos, su torre gris elevándose hacia el brillante cielo azul. Alguien había colgado flores en las linderas. No podía decir que clase de flores eran -amarillas y blancas, pero en su mayoría eran amarillas. Se derramaban en el exterior con un abandono temerario, saliendo de los cestos. Lucían alegres, incluso contentas, y todo estaba tan mal. Este no era un día alegre. No era un evento que debía ser celebrado.

Y él lo detendría.

Redujo la velocidad solo lo suficiente para poder seguir corriendo sin caerse de bruces, y entonces tiró de la puerta para abrirla, amplia, más amplia, mientras escuchaba el golpe al chocarse con la pared exterior. Quizá debió haber entrado con un poco más de silencio, dándose un momento para evaluar la situación, para darse cuenta lo lejos que habían llegado.

La iglesia quedó en silencio. El sacerdote detuvo su parloteo, y cada columna vertebral de cada banco se giró, hasta que todas las caras se volvieron.

Hacia él.

– No -jadeó Gregory, pero tenía tan poco aliento, que apenas si podía escuchar sus propias palabras.

– No -dijo, más alto esta vez, agarrándose del borde de los bancos mientras avanzaba-. No lo hagas.

Ella no dijo nada, pero él la vio. Tenía la boca abierta de la conmoción. Vio como el ramillete de flores se caía de sus manos, y sabía, por Dios que lo sabía, que ella había dejado de respirar.

Se veía tan hermosa. Su cabello dorado parecía capturar la luz, y brillar con un fulgor que lo llenaba de fuerzas. Se enderezó, aún respirando con dificultad, pero ahora podía caminar sin ayuda, y se soltó del banco.

– No lo hagas -dijo él otra vez, avanzando hacia ella con la gracia furtiva de un hombre que sabe lo que quiere.



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