oír nada, o que oían y se burlaban de sus padres y de la maestra Emmanuela: durante muchos años no se había visto por el pueblo ningún animal, y por tanto la mayoría de los niños llegó a la conclusión de que realmente todos esos muuus, beees y miaaaus, todos los zuuus, los auuus, los cruuus y los cruuuas eran sólo extraños inventos de sus padres, supersticiones anticuadas que había que desterrar de una vez por todas para vivir la realidad, pues quien vivía en la fantasía simplemente no era como todos nosotros, y quien no era como nosotros también contraería la relinchitis, y todos se apartarían de él y ya nadie en el mundo podría salvarlo.

Tal vez sólo a Danir, el tejero risueño de largas piernas, el preferido por las chicas del pueblo, a Danir, a quien le gustaba cantar todo el día con sus compañeros mientras trabajaban arriba, en lo alto de los tejados inclinados, y demorarse para conversar por las ventanas abiertas con los niños como si fueran adultos, o al revés, trepar con ellos como si aún fuera un niño, y a quien también le gustaba silbar canciones por las callejuelas bajo las ventanas de las chicas del pueblo, tal vez sólo a Danir tenía sentido preguntarle qué era verdad y qué no.

Pero el problema era que con Danir y sus amigos, esos que se reunían a su alrededor en la plaza de piedra las largas tardes de verano, nunca había forma de saber cuándo hablaban en broma y cuándo te estaban provocando o provocándose entre ellos. A veces hablaban en serio, pero incluso entonces parecía que se estaban burlando. Todo aquel que intentaba hablarles en serio, por alguna razón también acababa de pronto dirigiéndose a ellos como en broma. Incluso cuando no tenía ninguna intención de bromear.

A excepción de Almón el pescador, a quien nadie prestaba atención porque todos le despreciaban, no había en el pueblo nadie que pudiera enseñar a los niños que la realidad no es sólo lo que el ojo ve, lo que el oído oye o lo que la mano puede tocar, sino también lo que está oculto al ojo y al contacto de los dedos, y que se revela a veces, sólo un instante, a quien busca con los ojos del espíritu, a quien sabe escuchar con los oídos del alma y tocar con los dedos de la mente. Pero ¿quién quería escuchar a Almón? Era un anciano charlatán y casi ciego que discutía sin parar con su feo espantapájaros.



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