
Tal vez sólo a Danir, el tejero risueño de largas piernas, el preferido por las chicas del pueblo, a Danir, a quien le gustaba cantar todo el día con sus compañeros mientras trabajaban arriba, en lo alto de los tejados inclinados, y demorarse para conversar por las ventanas abiertas con los niños como si fueran adultos, o al revés, trepar con ellos como si aún fuera un niño, y a quien también le gustaba silbar canciones por las callejuelas bajo las ventanas de las chicas del pueblo, tal vez sólo a Danir tenía sentido preguntarle qué era verdad y qué no.
Pero el problema era que con Danir y sus amigos, esos que se reunían a su alrededor en la plaza de piedra las largas tardes de verano, nunca había forma de saber cuándo hablaban en broma y cuándo te estaban provocando o provocándose entre ellos. A veces hablaban en serio, pero incluso entonces parecía que se estaban burlando. Todo aquel que intentaba hablarles en serio, por alguna razón también acababa de pronto dirigiéndose a ellos como en broma. Incluso cuando no tenía ninguna intención de bromear.
A excepción de Almón el pescador, a quien nadie prestaba atención porque todos le despreciaban, no había en el pueblo nadie que pudiera enseñar a los niños que la realidad no es sólo lo que el ojo ve, lo que el oído oye o lo que la mano puede tocar, sino también lo que está oculto al ojo y al contacto de los dedos, y que se revela a veces, sólo un instante, a quien busca con los ojos del espíritu, a quien sabe escuchar con los oídos del alma y tocar con los dedos de la mente. Pero ¿quién quería escuchar a Almón? Era un anciano charlatán y casi ciego que discutía sin parar con su feo espantapájaros.
